MÁS QUE UNA ENFERMEDAD

A primera vista no me ocurre nada. No tengo dolores, ni fiebre. Sólo me sucede que vivo minutos eternos de lamento, segundos imborrables de lágrimas, horas llenas de rabia. Preguntas sin respuesta. Deseos de huir, noches sin dormir, ganas de rendirme, sensación de suciedad, desesperación, esclavitudes mentales.

Es duro aceptar la realidad, ver que las cosas no son como espero, que todo mi mundo se derrumba en un instante y, en ese instante, me siento tan frío como una piedra. No es sencillo vivir así, vivir con lágrimas en los ojos, con miedos constantes, con gritos ahogados, con angustia. Eso no es vivir, pero siempre hallo consuelo pensando que la vida continúa, que puedo tener fe en mí y ser capaz de derretir ese bloque de hielo, aunque luego ni me queden fuerzas para intentarlo.

Todos hemos llorado, todos hemos sentido miedo, hemos reído de felicidad, nos hemos enamorado, hemos perdido ilusiones y hemos ganado batallas. También hemos experimentado el dolor por estar solo.

Supongo que estas primeras palabras lo resumen todo. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así?, ¿quién no ha pasado por ello? Yo he atravesado por todas esas sensaciones en demasiada profundidad y creo que aún sigo atravesando.

Más allá de estas tristezas y penas, hay estados de ánimo que se prolongan y profundizan el descenso del tono del humor, ponen en riesgo la salud y hasta la vida de quien los padece.

Son miles los detalles que me han conducido a esta situación. Granito a granito se fue construyendo una montaña que, al final, pudo conmigo. A esa montaña le puso nombre y apellidos un especialista médico: depresión.

Incontables han sido las veces que he dicho: “Prefería cualquier otra enfermedad antes que ésta”.

Muchos son los especialistas médicos que señalan que esa frase permite valorar la magnitud del tormento de la persona deprimida.

La depresión afecta a personas de todos los colores, razas, posición económica y edad. No hay duda alguna, soy parte de esas personas, aunque parezca vivir en circunstancias relativamente ideales.

Esta es mi historia y quizás existan muchas iguales, pero sólo los que la vivimos, sabemos cómo se escribe, por mucho que consultes libros o páginas web.

La mía aquí te la escribiré.


martes, 23 de octubre de 2007

Capítulo XIII de mi internamiento: “Psicoeducación”

Dentro de las actividades de la clínica, cada jueves se desarrollaba una llamada “Psicoeducación” a cargo casi siempre de “mi psiquiatra”.

Bueno, pues allí nos tenías, a mitad de la mañana, a todos los pacientes alrededor de la gran mesa presidida por “mi psiquiatra”, algunos con cara de “otra vez el mismo rollo”, otros con la mirada perdida y alguno, como mi caso, expectante ante una actividad desconocida. Como siempre, mi “libreta-diario” abierta por su página correspondiente y mi bolígrafo en la mano listo para otra nueva misión. Eso sí, notaba ese nerviosismo innato en mí por conocer de qué iba aquella actividad. Pensaba que sería un monólogo de términos médicos, de palabrería técnica, de contenido inservible para mi enfermedad.

Por supuesto, seguía padeciendo esa merma de capacidades intelectuales motivada por la medicación y, sobre todo, por la depresión, pero tenía a mi lado, como firme bastón, mi libreta. La verdad no sé cuánto le debo a esa libreta por recordarme silenciosamente lo vivido y aprendido tras aquellas horribles puertas.

Volviendo a la actividad citada, “mi psiquiatra” inició su discurso que, para mi sorpresa, resultó sumamente atractivo y, sobre todo, útil. No es por hacerle la pelota a “mi psiquiatra”, pero he de quitarme una y mil veces el sombrero ante su profesionalidad, mirando siempre por el bienestar de sus pacientes, detalle éste muy significativo en la sociedad en la que vivimos, donde las necesidades humanas parecen haber pasado a un segundo plano. Sin embargo, “mi psiquiatra” demostró y sigue demostrando que lo primordial es ayudar al paciente y él realmente sabe cómo hacerlo.

Ese día se tocaron dos temas de vital importancia, a mi entender, para la estabilidad o mejoría de cualquier enfermo mental: RECAÍDAS Y TRATAMIENTO FARMACOLÓGICO.

Las anotaciones hechas en mi “libreta” de las palabras de “mi psiquiatra” son breves, pero tremendamente ilustrativas de los aspectos comunes a estas enfermedades:
1.- RECAÍDAS: detección precoz de síntomas. Solicitar ayuda. No temer a la recaída y pensar que puede solucionarse por uno mismo.
- Puede suceder una vez o más.
- Recaídas siempre de la misma manera y con igual sintomatología.
- Siempre uno mismo es el último en darse cuenta de que está mal.
- Enseñar síntomas de alerta temprana antes de llegar al extremo y poner límites: avisar al médico, etc.
- Consecuencias: Adiestramiento automático – NO ESPERAR.

2.- PASTILLAS.- El tratamiento con pastillas tiene dos finalidades: evitar que te pongas mal y sacar del mal.
NO SOLO LAS PASTILLAS, SINO QUE TAMBIÉN HAY UNA SUMA DE FACTORES COMO PSICÓLOGO, PSIQUIATRA, TRABAJADOR SOCIAL, TERAPEUTA OCUPACIONAL PARA AYUDAR A COGER RITMO DE VIDA CON EL FIN DE HACER LAS COSAS BIEN Y NO RECAER.

Parecen apuntes de facultad o, incluso, alguien pensará que es irrisorio tomar notas en una situación como la mía, pero con el tiempo comprendes que no es lo mismo haber escuchado todas estas recomendaciones y quedarte con alguna suelta, a tenerlas bien recogidas por escrito, porque, al fin y al cabo, la memoria es frágil en ocasiones y se nos olvidan muchas cosas importantes.

Al menos, en mi enfermedad, cuento con esta ayudita extra de mi “libreta” con la que poder rememorar todos los consejos del especialista y aferrarme a ellos con todas mis fuerzas, ya que en el momento en que opté por llevarlos a cabo, cambiaron muchas cosas a mi alrededor, aunque reconozco que tardé mucho tiempo en ponerlos en marcha. Vuelvo a reiterar la incapacidad de controlar mis actos bajo esta enfermedad. Todo estaba mediatizado por ella. Su veneno es, en ocasiones, mortal, pero tener la oportunidad de ser tratado por un PSIQUIATRA COMO LA COPA DE UN PINO, realista hasta decir basta y humano hasta límites insospechados, AYUDA EN UNA ENFERMEDAD COMO MI DEPRESIÓN.

Reitero el peso específico que, en cualquier tratamiento de una enfermedad mental, tiene la aceptación del testigo que el especialista te entrega con sus consejos. A veces no es malo hacerle caso, lo digo por propia experiencia.

Aquella charla, lejos de cualquier tipo de demagogia, dejó un fuerte poso en mí, de tal forma que comprendí que mi depresión u otra enfermedad mental no se termina cuando dejas de tomar la última pastilla, hay que estar siempre alerta porque puede regresar en algún momento, aunque en muchos casos no vuelva a aparecer en la vida.

Una vez que te sientas en la orilla y reconoces los vientos que te pueden hacer zozobrar de nuevo, estás en plena disposición de ponerle coto a cualquier tipo de huracán interno y, sobre todo, has asumido que sabes cuándo estás mal de verdad.

Alcanzar una recuperación total o una mejora en las condiciones de vida de un enfermo mental requiere movilizar al frente todas tus capacidades y luchar por reorientar tu forma de enfrentarte al mundo, reorganizar tu agenda personal y aprender a caminar de nuevo con paso firme con todas las pautas profesionales que te han dado previamente.

Sin embargo, hasta llegar a ese punto pasa tiempo, mucho tiempo, en el que la balanza se ve desequilibrada en muchas ocasiones por las sombrías ideas que es capaz de generar la mente cuando uno está realmente mal.

“…Trato de entender cuál es mi identidad… sin pedir una ayuda, sin pedir una mano… Grito en vano… nadie me responderá… Aunque coma pan con algo de maldad, no será un buen motivo para ser un bandido… Los golpes enseñan, sirve para crecer… no sucumbiré… No aconsejo a nadie la agresividad… No le pido a la vida nada en especial…” (“Calma y sangre fría” de Luca Dirisio)

2 comentarios:

Abstractos dijo...

Odio las pastillas, y siento la sensación de que vivo en La hipocondria mas absoluta, tu que pareces un entendido en materia, por que no se como llamar a los estados, en los que entro y salgo, es como si reconociendo una palabra, pensara, entonces no es eso, cuando sientes vacio, no hay sentimiento, no hay percepción de las cosas, todo te da igual, no haces nada, ni siquiera sientes el pensamiento, a eso como se le llama? bueno no lo se, pero de una parte a esta, es así como me he atascado.

ya se que la recuperación tuya es lenta, por eso no te dire esa frase chorrona de "que te recuperes", si no mas bien te dire, QUE te recuperes... jeje,
bss

Manuel Rubiales Requejo dijo...

Recibe mis saludos Alex.